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La importancia del autocuidado para superar temores y destrabar empresas

En el trabajo con uno de mis clientes, la semana pasada nos enfocamos en el más alto nivel de la empresa: los consejeros patrimoniales. El asunto abordado en esta interacción fueron las competencias de los accionistas, un grupo muy relevante que apoya a la organización desde su Consejo de Administración.

Discutimos a profundidad el autocuidado, competencia interrelacionada con todas las demás competencias y complementaria a cualquiera. Los miembros del Consejo apoyan en decisiones estratégicas y tienen un evidente rol de liderazgo; esto significa una gran responsabilidad que abarca la forma en que cuidan de sí, cómo administran y aplican sus habilidades, junto con sus preferencias de relaciones y el trato a los demás.

No menos importante, como he escrito antes, los máximos niveles de las empresas tienen el reto ahora de ayudar a sus equipos de liderazgo a superar temores y negación para fortalecer su gestión. En las circunstancias actuales, de incertidumbre, esto adquiere mayor importancia.

Por principio de cuentas, deberían dar su confianza a los equipos de Dirección y Gerencia a fin de adaptarse con rapidez a la cambiante realidad derivada de la crisis que vivimos. Sucede que algunos ejecutivos parecen inmovilizados para abordar los retos de la nueva economía. Con la parálisis de estos directivos, cabe la tentación de sustituirlos, ante el caos organizativo, caída en ventas, cierres de sucursales, reducciones de plantilla, etcétera, que puede estar viviendo la empresa. Sin embargo, decisiones drásticas como estas entrañan grandes riesgos, pues miembros clave de la organización suelen contar con experiencia acumulada, conocimiento del mercado, contactos y relaciones, que no fácilmente podrán encontrarse allá afuera…, en el mercado.

Es bien sabido que, para entrar al desafiante juego de los negocios, bajo nuevas y cambiantes reglas, se requiere un fuerte componente racional, pero no menos importante es el lado emocional para enfrentarlas. Se requiere en este sentido de grandes dosis de empatía y comprensión en este coctel de sentimientos y emociones. Hace falta una palanca para desatorar estos bloqueos que llevan a la inacción, pues no tan fácilmente se supera una mezcla de miedo y negación acumulados.

Además de la afectación a los modelos de negocio, no hay que menospreciar el papel importante de la pérdida de autoconfianza de no pocos líderes de niveles alto e intermedio, más aún cuando han acumulado un sinnúmero de éxitos y no están acostumbrados a afrontar crisis o tener que recuperarse. Este es justamente uno de los tantos retos que enfrentan actualmente los Consejos de Administración y los Directores Generales.

En otras ocasiones he escrito sobre este tema y creo que no sobra insistir en el valor que tiene el apoyo a los líderes de las organizaciones. Un directivo con miedo es improductivo y afectará pronto a los empleados y a todo el ecosistema organizacional. Claro que las amenazas a la identidad, prestigio, nivel social… tienen un fuerte impacto en algunos líderes. Quien era alegre, enérgico, flexible puede, por el contrario, transformarse en un ser cerrado y rígido, sentirse acosado, perseguido. Justo ahora lo que urge son líderes que puedan analizar, procesar datos y contexto para dar respuesta a la nueva realidad que se ha ido configurando en el mundo.

La supervivencia de la empresa amerita abordar el lado emotivo del personal. Diálogo franco y abierto con los CEOS, en que se pueda verbalizar emociones, es de gran utilidad para superarlas y retomar la ruta de la productividad. Poner sobre la mesa temores y miedos es muy benéfico: es el primer paso para erradicarlos.

El cuidado de la persona como individuo también es responsabilidad de la organización, pero cuidar de uno mismo es responsabilidad que todos y cada uno de nosotros tenemos, sin menoscabo de nuestro nivel laboral. Esta competencia puede abordarse desde tres perspectivas.

El cuerpo: Siempre debemos recordar que este es, en buena medida, el “vehículo” que nos mantiene en el plano físico. Mantenernos saludables para tener una excelente calidad de vida es clave. Cuidar el cuerpo implica vigilar lo que comemos, lo que bebemos, tanto en cantidad como en calidad, además de otros elementos como el ejercicio o el sueño. Finalmente, un cuerpo saludable nos brinda energía, facilita el movimiento y nos da agilidad, así como autonomía.

La mente: Si logramos avanzar en nuestra vida profesional, social, familiar y cultural se debe a que poseemos una mente privilegiada, capaz de discernir entre los diferentes contextos en que nos movemos y nos lleva a manejar de manera eficaz nuestras relaciones. Para mantener bien cuidada nuestra mente, debemos alimentarla con información sana y de calidad, pero también darle descanso a través de técnicas y métodos como la meditación.

El espíritu: Mantener una vida interna en armonía con el ente superior en el que cada uno de nosotros cree, es determinante para así crear un ilusión de largo plazo y evolución constante. Esta esfera nos permite avanzar en las creencias y la evolución de nuestro ser y se alimenta a través de comportamientos, como la compasión, la sabiduría, el respeto a los demás, la comunidad con los demás, la responsabilidad social, entre otros.

Desde tiempos remotos, cualquier grupo humano ha pasado por miedo, negación, bloqueos emocionales. Pero hoy en día es sorprendente el número de ejecutivos de nivel elevado aquejados por estos elementos. Aquí entra en juego el involucramiento de los Consejos de Administración y los Directores Generales para apoyar a sus equipos directivos a sortear esta situación, promoviendo comportamientos y actividades saludables que brinden estabilidad y confianza en si mismos, para que luego la puedan transmitir a sus organizaciones.

Cierro con una reflexión: Las habilidades que forjemos de cuidado y atención a nosotros mismos, además del autodesarrollo, se verán reflejadas en la forma cómo lideremos a otras personas, con los inherentes beneficios para el crecimiento de nuestras organizaciones. Y en este sentido, el respeto y armonía de nuestras relaciones externas no son más que un reflejo del respeto y armonía que hay en nuestro interior.

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